Acostumbrándome a Madrid

“Como relucen”, pensé. Realmente brillaban con una llamativa diferencia respecto a los que había a su alrededor, todos sucios y viejos. Los miré detenidamente hasta que la palabra “Suanzes”, entonada por la megafonía del metro, me hicieron apartar con un sobresalto mi mirada de los zapatos de aquel viajero. Al subir las escaleras, pensé que hacía dos días había estado en la playa, y en un intento desesperado de recuperar ese calor, apreté la solapa de la chaqueta contra mi pecho y me recoloqué el pañuelo. Caminé deprisa, un día más había sido en vano el intento de llegar antes de que el reloj marcara las diez. Aún no habían transcurrido los suficientes días como para que la cotidianidad necesaria abarcará el espacio. Así que volví a dudar antes de decidir cual era la calle correcta.

Llevaba menos de dos semanas acudiendo al ABC, todo aún era demasiado novedoso. Me acordé de aquellas palabras que insistían en la necesidad de ver todo con los ojos de un niño, con su ingenuidad y su capacidad de asombro. Pero no recordé dónde las leí, o dónde las escuché. Quizás en alguna canción de esas que me gustan a mí, “más habladas que cantadas”, como me decía el otro día un compañero. Entré en el aula y saludé rápidamente, sin palabras, con una cómplice mirada, a mis dos compañeras de fila. Afortunadamente, la sequedad que a veces me achacaban, –“no pareces andaluza”, me han llegado a reprochar–, no se había manifestado y, en muy pocos días, había encajado muy bien días con esas dos chicas.

El profesor ya había empezado su clase. Mi escasa capacidad de concentración empezó a hacer de las suyas y mis manos a adueñarse de las teclas del ordenador. Mientras, mis pensamientos efímeros, ajenos a la explicación, vagaban a su aire. El profesor contó algo de Afganistán. No logro recordar el qué. También sé que alguien habló. No sé quién fue ni qué dijo, sólo sé que ocurrió. Lo sé porque, en ese momento, pensé, y decidí, que ya iba siendo hora de aprenderme los nombres de mis compañeros.

No pasó demasiado tiempo –o al menos esa fue la sensación– cuando entró el secretario del máster a avisar del final de la clase. Me prometí estar más concentrada en la próxima. No estoy segura de si lo conseguí. Como todos, tenía la cabeza más puesta en la primera práctica, que ya nos la habían mandado, que en el transcurso de las clases.

Además, la odisea de buscar piso en esta ciudad que, antes de darle ninguna oportunidad, ya empezaba a odiar, era otro de los pensamientos que dificultaban mi concentración. Aún estaba impresionada con el piso que había visto el día anterior. El techo de la habitación chocaba contra mi cabeza. “Es que son techos bajos, de 1,70” me dijo la casera, sintiéndose ofendida por mi protesta. “Pues menos mal que no uso tacones”, le contesté.

El hecho de trasladarnos en las siguientes dos clases a la mesa de trabajo facilitó que no me perdiera entre mis pensamientos y mis páginas web. El profesor explicó las diferencias entre Derecho de la Información y Derecho a la Intimidad y caí en la cuenta de que, pese a lo que hubiese podido creer, sí que me había servido la carrera. Las explicaciones me resultaron familiares, conocimientos que en algún momento había adquirido y que, pese a creer que habían desaparecido, esperaban en algún cajón de mi memoria aguardando la hora exacta de reaparecer.

Alguien, no recuerdo quién, interrumpió mis pensamientos con el comentario de que olía a comida. Intenté hacer un esfuerzo pero, como siempre, no conseguí diferenciar olores. Menos mal que con otros sentidos soy más hábil. Sin embargo, mi estómago sí debió percibir el olor y mis tripas, instintivamente, sonaron pidiendo alimento. Afortunadamente nos habían dado la tarde libre, lo que significaba que podría aprovechar el tiempo libre para continuar buscando piso. Lo malo es que el momento de comer acabaría posponiéndolo hasta llegar a casa de mi hermano, donde andaba instalada por entonces.

Sólo hubo una clase más antes de marcharnos. Exceso de metafísica. Vocabulario hermético. Habla de retórica y omite la primera regla: “Adaptarse a su público”. Me gusta la filosofía, no su forma de enseñarla. Me quiero marchar, tengo hambre… Esos son los pensamientos que deambulaban por mi cabeza.

La clase terminó, frente a todo pronóstico, cinco minutos antes de la hora anunciada. Dejé las gafas en su estuche, recoloqué la maraña de papeles, lápices, pañuelos de papel y demás objetos que había ido desperdigando por la mesa a lo largo del día, me puse la chaqueta y volví al metro.

Caminé deprisa. Sabía que me costaría acostumbrarme a tener que coger el metro en lugar de mi bici, a saber que no me esperaba Benji (mi perro) en casa, y al tener que invertir dos horas diarias en trayectos. El frío de la calle me volvió a evocar el fin de semana en la playa. El mar, mi mar, era lo que más iba a añorar. Cogí mi libreta y apunté varias veces la palabra paciencia, seguida de un par de reflexiones abstractas, en un intento, un tanto desesperado, de acostumbrarme a Madrid. “Eres una prejuiciosa con esta ciudad”, me había dicho hacía un par de días una amiga. Quizás era cierto.

Entré en un vagón. Dudé si buscar piso directamente o acercarme primero a casa de mi hermano. Volví a escuchar rugir a mi estómago. Y me sorprendí a mí misma intentando encontrar, entre los zapatos de los viajeros, algún par que brillara tanto como los del hombre de esta mañana.

Comentarios