David Beriain, el reportero que quería arreglar el mundo (y comprendió que la realidad no siempre puede cambiarse)

“Los periodistas tienen que escuchar todas las campanas, y si es posible, al campanero” le dijeron a David Beriain cuando aún era un estudiante de ciencias de la información. Ahora trabaja como reportero para los informativos de Cuatro; de hecho, se define como reportero antes que como periodista: “un cazador de historias, un buscavidas que sale a la calle”. Aunque apunta cierto escepticismo ante la supervivencia del género: “No sé si es una especie en extinción, pero sí que está abandonado por los medios”.

Por eso, cuando cumplió los 18 años no dudó en intentar contactar con medios extranjeros. “Me faltaba formación pero tenía más pasión que nadie”, asegura. Optó por Latinoamérica porque le interesaba esa realidad social y política, aunque el periodismo sólo era la vía de acceso: “Me importaba la realidad más que el periodismo, y yendo hacia ella, me encontré con el periodismo. Lo elegí porque me interesaban tantas cosas que éste era el mejor modo de dejar menos fuera. Quería arreglar el mundo.”

Así fue cómo se sacó la carrera, a saltos entre su Navarra natal y su trabajo en la sección de sucesos y en el suplemento de investigación del periódico El Liberal en Santiago del Estero, Argentina.

El primer día de trabajo llegó a las nueve de la mañana a la redacción y se ofreció para cubrir los eventos internacionales. El jefe le contestó: “usted va a ir a la calle, como todos, a buscarse la vida [a traer noticias].Si a las diez menos cuarto está aquí todavía, lo echo.”

La primera noticia de la que informó denunciaba violaciones a los internos de un psiquiátrico. Publicó aquella historia y esa realidad cambió. “A mí me pareció algo mágico. Era un periodismo que estaba muy mal editado pero sangraba y estaba vivo”. Aunque también se encontró con otras realidades. Santiago vivía un periodo convulso de caciquismo y violencia encubierta. “Todos los días llamaba y escribía gente diciéndome: ‘ayúdenme, cuenten mi caso’. Entonces comprendí que el periodismo sólo sirve para contar historias. Nada más. A veces sirve para cambiar realidades, y a veces no”.

Al cabo de dos años, debido a presiones externas, tuvo que abandonar el periódico. Volvió a España y entró a trabajar en La Voz de Galicia. Llegó a la redacción a mediodía. Estaba llena de gente y pensó que se trataba de una reunión sindical. Se había curtido en un “periodismo de trincheras” y no podía concebir que las noticias se elaboraran por teléfono. “Se hacía mejor periodismo editorial pero no había historias, no había vida”, anota. Situación que justifica porque en España “la gente puede pasar por alto la realidad, mientras en otros lugares del mundo la realidad los engulle”.

Sin embargo, Beriain cree en otro modo de ejercer la profesión, en unas fuentes elaboradas a través del contacto físico y del lenguaje corporal, en unas historias a las que se accede a través de la empatía. Apuesta por un periodismo de matices: “Es como en el cine, si el bueno es muy bueno y el malo es muy malo, la que es mala es la película”.

Texto escrito "a pachas" con Cris Durle

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