Opiniones que dejaron huella

Cuando estaba en cuarto de carrera, nos recomendaron leer en la facultad un libro llamado Artículos que dejaron huella. Era una recopilación hecha por Josep María Casasús de columnas de opinión que marcaron la historia, desde el “Vuelva usted mañana” de Larra al “J ´accuse” de Zola. Leer un libro como aquel te recordaba que la primera intención de la opinión es ejercer influencia.

Pero para ello son necesarios algunos requisitos. Para que una opinión ejerza influencia debe estar bien argumentada y apelar a la razón o a la emoción. Llevamos un año analizando diferentes tipos de argumentos: Demostrativos, refutativos, analógicos, parabólicos, de autoridad… Construir un argumento eficaz está muy lejos de pretender sentar cátedra o de exponer conclusiones cerradas. “Un buen argumento debe ofrecer ideas basadas en creencias y deducciones, en experiencias, conocimientos y convicciones, intentando persuadir por su racionalidad y su verosimilitud”. Es así cómo se ha descrito la construcción de argumentos en las clases de “Periodismo de opinión”.
¿Y eso que significa? Pues, entre otras cosas, que los argumentos deben ser combativos, no imponer sino inducir, requieren olvidarse de moralismos, y ejemplificar sin falacias. Un buen argumento necesita dejarse de retórica y engañosos eufemismos y hacer pensar.
La teoría está clara. El problema aparece al llevarlo a la práctica. Si no todas las argumentaciones están bien realizadas, ¿todas las opiniones deben ser tenidas en cuenta? La primera vez que escuche aquella frase que decía algo así como “Todo el mundo puede opinar pero no todas las opiniones son igual de respetables”, me pareció una barbaridad, un ataque directo a la libertad de expresión. Ningún argumento me parecía oportuno para justificar que las opiniones no merecieran todas la misma condición. Sin embargo, esta semana me he sorprendido a mí misma justificando e incluso viendo necesario poner un cortapisas a la libertad de expresión de cada individuo.
Mi conflicto surgió mientras realizaba un reportaje sobre lenguaje y terrorismo. Me encontré leyendo blogs y artículos a favor de ETA en los que toda argumentación se basaba en la falta de respeto y en la reivindicación del asesinato como medio que justifica el fin. Fue entonces cuando me vi a mí misma asumiendo que lo coherente en algunos casos sería no permitir que exista libertad de opinión. Me encontré conmigo misma diciendo en voz alta que el Estado debería prohibir estas plataformas dedicadas a defender el asesinato, a opinar a favor de ETA. Y entonces, me di cuenta de que estaba yendo en contra de la libertad de expresión.
Realizar este reportaje me introdujo en un estado de dualidad, en un choque moral y profesional. Contradicciones que tambalean cimientos y que te dejan en una situación que no sabes cómo resolver.
Ahora no sé hasta qué punto son igual de respetables todas las opiniones. Sí sé, sin embargo, que cuando el argumento toca nuestra fibra emocional y nuestra moralidad entra en terreno peligroso. Es por eso también que el mismo argumento provoca diferentes reacciones según quien lo pronuncie. Las clásicas figuras de emisor y receptor adquieren un tono diverso en cada situación. Según el caso, y cada cual sabemos cuales son las voces que más nos influyen, no nos es igual de decisiva una opinión de alguien a quien consideremos competente en el tema, a quien respetemos y admiremos, a quien queramos, que la misma opinión llegada desde alguien que no es indiferente. Esto dejaría la puerta abierta a otros temas como la manipulación o los chantajes emocionales.
Cojo otro libro y, en el prólogo, escribe el autor: “No se enojen demasiado si mi opinión difiere demasiado de la suya. Al fin y al cabo, se trata tan sólo de un juicio personal. Y ése, ni más, pero tampoco menos, es su valor. Si es que tiene alguno”.
Que todo el mundo opina parece estar claro. Pero parece estar claro también que, en ocasiones, unas opiniones dejan más huella que otras. 

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