Galicia, triángulo máxico












Muralla de Lugo.









Ciudad de peregrinaje: Santiago
Santiago, como capital gallega, como lugar constante de peregrinación, brilla con luz propia resguardada bajo sus eternas lluvias, entre botas de senderismo, conchas compostelanas, pesadas mochilas, esfuerzo y ganas. Pocas emociones pueden competir con la del peregrino que tras varios días de caminatas, con ampollas en los pies y un montón de anécdotas a la espalda, llega a la Praza do Obradoiro y contempla frente a él la imponente fachada de la catedral de Santiago, el Pórtico de la Gloria.
Deslizarse, -porque por Santiago uno no camina, flota-, hacia la Praza das Praterias, y de ahí, directamente, y siguiendo aún bajo la sombra de la catedral, detenerse en la Praza da Quintana a contemplar los dibujos que, a sus pies, venden los pintores. Quizás entre paseos, entre música y pulpo, uno se aleje un poco del bullicio y... 




Presumida y orgullosa: A Coruña







Si A Coruña es ruidosa y atrevida, Lugo es silenciosa y tímida. La primera es coqueta y presumida, repleta de paseantes que, ataviados con sus mejores galas, atraviesan la calle Real contemplando ociosos cada escaparate, deteniéndose desde la Plaza de María Pita hasta el obelisco que un día representara el centro de la ciudad.






Los coruñeses frenan su caminar a cada paso para saludar a algún vecino; orgullosos de sí mismos, se contonean alegres igual que lo hace el lugar, una ciudad bañada casi por todos sus costados por el mar; un mar que ejerce sobre ellos una decisiva influencia.Desde un extremo, olvidándose de la Ciudad Vieja, la Torre de Hércules se alza sobre sí misma resguardando a su amparo pequeñas calas.







Muralla, melancolía: Lugo

Lugo, sin embargo, mucho más relajada, conserva una quietud bella y, al mismo tiempo, tenebrosa. Si uno llega, por ejemplo, un domingo de verano, la ciudad te acogerá desierta, y como duendes tímidos, sus habitantes irán apareciendo poco a poco, sin armar jaleo, de entre rincones hermosos que permanecían ocultos. La ciudad está dominada por su muralla. Del siglo III y con 2,1 kilómetros de extensión, suponen el recinto defensivo mejor conservado del mundo romano. Influenciados por ella, marcará todos los puntos de vista de la ciudad. Dentro de murallas, Lugo te tienta con pinchos y dulces, con una gastronomía popular, con aromas y armonía, con conversación.
Extramuros, la ciudad te incita a perderte entre árboles en silencio, a deambular por el parque Rosalía de Castro buscando respuestas que sabes de antemano que no vas a encontrar, a mirar hacia el Miño y sentirte indefenso. 





Tópicos y dulzura, complicado carácter






Estas tres ciudades tan diferentes comparten esa esencia gallega que hace inconfundibles a sus paisanos. Uno cruza Tui, en la frontera con Portugal, o se asoma a ratos a Asturias con quien ineludiblemente algo les une. O atraviesa las amarillas y llanas tierras de Castilla y León para adentrarse en el verde reino gallego. O quizás porque al mismo tiempo se baña en dos aguas, y la fuerza del mar Cantábrico y del océano Atlántico le conforman el carácter.








Es imposible no alabar su comida -su pulpo, sus empanadas, su pan, sus dulces, sus mariscos, sus vinos-, no dejarse trampear por sus innumerables tópicos. Uno llega, sabiéndose precavido, dispuesto a no dejarse aturdir por meigas, por ambigüedad, por “el verde cuesta”, por los horreos y los pazos, por la lengua arraigada de las bolboretas y las tartarugas. Ajeno a la fuerza centrípeta de la tierra, el viajero se creerá inmune a la muñeira, al sonido de una gaita, a un exceso de símbolos celtas, al mareo y al desconcierto que te dejan en la cabeza y en el paladar compartir unas cuncas de viño.







Perdido y enamorado








Pero si Galicia te ahoga porque no es capaz de medir sus fuerzas, si su belleza te aniquila sin remordimientos, aún más potente es el poder que ejercen los gallegos. Educados y serviciales hasta el extremo, esconden su también extrema desconfianza y te dan todo, derrochan sensibilidad y te abren sin reparos las puertas de los cielos que esconden. Pero son peligrosos, te llevan a su terreno, te hacen perder la autonomía y, como en el conxuro de una quiemada, te atrapan, te enamoran.







El triángulo mágico que componen Santiago, Lugo y A Coruña forman parte de un mundo mágico compuesto por cada una de sus ciudades, de sus aldeas, de sus parroquias; atestiguado siempre por todos los gallegos, los que habitan allí, y los que te enamoran mientras, desde cualquier lugar del mundo, te relatan las maravillas de su tierra. Y es sólo entonces cuando entiendes el significado de la palabra moriña.




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