Ostia: teatro para escuchar

El gatopardo. La edad de oro. La dama de Shanghai. La dolce vita. Lo que el viento se llevó. Cría cuervos. Muerte en Venecia. Roma, città aperta. Las listas de las películas que vimos juntos. La lista de las películas que vieron juntos.

Como las ruinas de la Ostia clásica, de la vía Appia, de las que quedan debajo de los pasos farragosos del turista del foso. El Coliseo que vimos a solas. Como esas ruinas de la ciudad eterna, los recuerdos se corrompen por el ácido del propio recuerdo, por el color de la invención de un miedo que nos hace resguardamos con capas que no nos correspondieron.

Roma es siempre un buen punto de partida. Trasladarte a la gris y borracha parte trasera de Estación Termini, llena de hostales de pocos euros y grandes ratas, en contraste con el blanco y negro –blanco y negro de los recuerdos de nuestros abuelos– de los amantes huidizos que retrató Vittorio De Sica. Estación de partida y de llegada de tantos sueños.

Sergio y Roxana Blanco toman ahí un tren que les lleva hasta su infancia. Los muertos que aprendieron a reconocer cuando la muerte aún no era la muerte. Los recuerdos inciertos y desfigurados con sabor a helado. Los caramelos de lima limón de las mudanzas, que solo me corresponden a mí. El hermano escritor en Europa. Recitatio, sueltan, y se quedan con el ansia. Dejan fluir una historia que no es una, sino muchas, que se deshace como las flores silvestres que se soplan para que el deseo se haga realidad. 1980, por poner un ejemplo. Droga, sexo, llanto. El miedo de tenerte cerca y lejos al mismo tiempo. Hermanos. Ostia. Constelaciones familiares.  

La llamada de la hermana llorando porque la soledad no se presintió en el aeropuerto sino al llegar a la ciudad amada. Perderle sentido a lo que está alrededor con el único propósito de hallarle sentido al entramado de objetivos, planes, pensamientos, delicias y aforismos que se fueron tejiendo solos. Las barreras que aún no han caído aunque sí cayera el muro de Berlín. La duda, el sueño, los deseos, el miedo, viajar, subir, trabajar, soñar, jugar, bailar. Las listas. Las amadas listas. Las listas de los regalos pedidos a los Reyes Magos. Las listas de los países, contados en postales. Las listas de las películas contadas con la tabla de multiplicar pegada en la pared. La infancia compartida.

Recuerdos inventados. ¿Hasta dónde llega el beso que se da para generar material literario? ¿Hasta dónde alcanza la desnudez de contarle al mundo cómo llegamos aquí? La inseguridad que esconde la seguridad. El espacio que queda entre las teclas que hacen más ruido en la madrugada y la verdad. Personajes y tiempo. Después de la euforia, el cansancio. Después del paraíso, el infierno. Eso dicen. La ausencia de historia puede ser una historia. La catarsis como único modo de supervivencia, de comprensión, de pulsión. Sin que a nadie le importe si el hotel de coreanos estuvo o no alguna vez en aquel puerto perdido de nuestra adolescencia, aquella en la que soñábamos con crecer. Con crecer para poder recordar cómo éramos antes de crecer.

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