El Tánger que dejó el Protectorado

Apenas queda un esbozo: la huella que dejaron los cafés parisinos, el Teatro Cervantes o el cine Alcázar. Viajamos por el Tánger que fue, el esplendor de un Protectorado del que solo quedan sombras.
Paseo por las tumbas fenicias. 

Del hotel Cecil, en el que La Barraca, la compañía de teatro de García Lorca y Margarita Xirgú, vivió días de gloria en Tánger, hoy solo queda polvo. Polvo literal, una humareda que se levanta tras la tapia que debe saltar quien pretenda seguir la huella del dramaturgo español. Ruinas de un edificio del que apenas quedan cimientos, fachada y basura.

La misma sensación queda al acceder al Teatro Cervantes, donde la compañía actuaba. A cambio de unos dírhams, unos chiquillos te enseñan, a hurtadillas con la luz de una bombilla, el interior del teatro. Polvo también. Azulejos rotos con escenas del Quijote, sillones de terciopelo rojo rasgados y tablas apiladas. No es el único, el cine Alcázar también se derrumba.


Es viajar a un Tánger que ya no existe. Un Tánger decadente que solo se alcanza desde la evocación. Imaginación y nostalgia para, al subir las escaleras del teatro, visualizar los trajes de gala de las damas que acudían a los estrenos teatrales durante los años del Protectorado. El mundo se derrumbaba –la Guerra Civil española, la Segunda Guerra Mundial– y el Tánger internacional, resguardado por el acuerdo político, era el refugio de quienes huían de un mundo en destrucción. Aunque vivían muchos españoles y norteamericanos, reinaban los franceses, y el ambiente galo impregnaba la ciudad. El ‘Grand Café de Paris’ o el ‘Café de France’ quedaron como herencia de lo que Tánger fue. Por eso no extraña que Marruecos y París compartan la costumbre de que los asientos de los cafés miren hacia fuera, como queriendo no perderse la vida.

Eran años de noches largas y sueños efímeros. Una atmósfera ya casi imperceptible para quienes llegan hoy buscando mitos del pasado: Paul Bowles –llegó en 1949 y ya no pudo marcharse–, Tenesse Williams, Truman Capote, Francis Bacon, Allen Ginsberg… La ‘pobre niña rica’, Bárbara Hutton, era un rostro popular en aquel Tánger. Hoy, quien se acerca hasta el Café Baba puede contemplar su retrato en la pared. La que fuese esposa de Cary Grant vivía en un palacio en la ‘Kasbah’ al que todos conocían como Sidi Hosni. El eco de aquellas fiestas aún resuena, quedó anclado en viejas fotografías como las que se ven en la Fundación Lorin, en la antigua sinagoga.

Retazos que, más que verse, se intuyen al desempolvar el Tánger actual. Entrar en la librería colonial ‘Des Colonnes’ es una manera de recuperar ese pasado. Huele a madera, a tiempo detenido. Otra es tomarse un té en el Café Hafa. Cierto es que ha perdido parte del encanto de cuando los Rolling Stone fumaban hachís sentados en sus gradas. Ahora se asemeja más a un chiringuito de playa donde las vistas del mar se disuelven en la nueva carretera. Cerca, las tumbas fenicias evidencian el contraste tangerino. Luis Delgado, estudioso de los ritmos tradicionales por todo el mundo, lo describe con su música: “La decadencia hacia la que se precipita Tánger, hoy se despereza lentamente”. Un Tánger que, poco a poco, va dejando de existir.


Artículo publicado en Passenger6a

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