Tienes madera de artista





No estoy viendo su cara. La conversación transcurre por teléfono. Pero sé que sus ojos están chispeando como cuando uno está a punto de echarse a llorar, pero de felicidad, que es el mejor llanto. Sé también que su voz, que parece tan frágil, es capaz de abarcar todo un patio de butacas. Sé que está sonriendo. Sé todo eso porque lo he visto en otros, porque es lo que distingue a los buenos actores de los mediocres y, por supuesto, de los malos. La pasión y la entrega con las que afrontan un personaje. Las que afloran de sus ganas de aprender.
       Jorge Plaza estudia tercero de interpretación en el Estudio Corazza, una de las escuelas de formación de actores más prestigiosas de España y cantera de actores tan internacionales como Javier Bardem. Si le pregunto por la escuela, contesta: “Ha cambiado mi vida de arriba abajo. Estoy como del revés”.
       “Espera... Aún no. Vuelve a entrar. ¿Qué te pasa cuando miras? No, no hables... Contente.  ¿De dónde vienes? ¿Cuáles son tus circunstancias? No, no te tenses. Fuera bloqueos. Relaja. Equivócate. Vuelve a empezar...” Estas expresiones son habituales en las clases de interpretación. Son recuerdos compartidos. Latiguillos que se repiten en la cabeza de los que pasaron por aquellas aulas. De antiguas promesas que hoy son figuras reconocidas en el mundo del espectáculo. De jóvenes utópicos que todavía siguen levantando el mundo con sus alas. Actuar es como una fuente de vida, en la que el agua que corre alimenta sus ilusiones. La seguridad de saber que han nacido para ello en constante enfrentamiento con el miedo a dejar su futuro en manos de la suerte. Más que nervios, inquietud. La fuerza que arrastran las profesiones que, más que un trabajo, se convierten en una forma de vida. Pero nada es comparable al temblor que experimentan encima del escenario. Con los ojos muy abiertos. Perdidos en el caos, en el intento de canalizar sus energías.
       Cristina Rota, directora de la escuela que lleva su nombre, sabe mucho de esta pasión: “Estaba tan convencida de haber nacido para esto —dice al recordar su primera prueba, con 14 años, para Electra—. Me cogieron por impune, por puro arrojo”. Rota asegura que para convertirse en actor o actriz, lo primero es tener vivo un sentimiento de “esto es lo mío”, y que eso “genera compromiso”. Pero añade que para desarrollarlo es esencial el contacto con el público. Por eso en su escuela actúan desde primero gracias a su espacio de muestras, la Sala Mirador. “No actuar anula tu criterio de realidad”, explica Rota y añade: “Se supervisa el trabajo del alumno, pero también se le da mucha libertad”. La salud de una escuela depende de no generar dependencia, se les debe preparar para un sistema “cada vez más perverso y competitivo”.
       Un sistema que nace de un deseo. Un deseo que se materializa en un impulso. Un impulso que te lleva a una necesidad, la de la formación. La mayoría siente la pasión de actuar desde muy niño. A otros, la vocación les llega tardía pero con la misma fuerza arrasadora. Una vez decididos a convertirse, cueste lo que cueste, en actores y actrices toca dar el segundo paso: ingresar en una escuela...

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